3 de noviembre de 2010

Ansias en Finisterre

El viento era un de un filo oxidado y añejo, que acariciaba mis arrugas de mañana, tapando de vejez todas las imperfecciones de mi cara, guardando en polvo y tiempo mi pasado. Sentía descalzo la tierra en mis pies, fundirse en acero y cemento, hirviendo en brasas y helando en piedra, dejándome por siempre pétreo, marcando el hoy. Veía aguas, como nunca transparentes, alejarse a la nada, perderse tras un telón blanco opaco que no reflejaba ni absorbía luz, creando la perfecta sombra que antecedía mi futuro y mi eternidad. Me sentía inflarme, expandirme, mi cabeza era un globo. Veía hacia adelante y hacia atrás a la vez, todo lo estaba tocando, todo lo oía, y mil sabores insípidos sobre y bajo mi paladar se clavaban como con uñas. Lloré brea caliente hasta cubrirme por completo y me dejé secar al sol. Sentí vida gestando en mi, desde mis pensamientos que ahora salían por mi cuerpo, como hilos, millones de angostos hilos, largos como el cielo, infinitos, de no ser porque nada más que la nada es infinita. Lo último antes de inmolar, antes de agigantarme y disgregar mis partículas por todo el universo, fueron ansias. Ansias.

No hay comentarios: